
Cada día más, la información que se genera entorno al enorme servilismo que, en general, la clase médica rinde a la industria farmacéutica, es tan abultado, que el ruido ya no puede esconder las nueces.
Según el análisis en uno de los informes del Mad in America (MIA), entre 2014 y 2020 se identificaron a 62 psiquiatras estadounidenses que recibieron pagos directos de compañías farmacéuticas por un total acumulado de algo más de 1 millón de dólares en ese periodo. Dichos psiquiatras, incluidos en lo que se dio en llamar el club del millón de dólares, trabajaron para la industria como oradores, consultores, o asesores de marketing, entre otras cuestiones.
En un estudio mucho más amplio, que abarcaría de 2015 a 2021, se hallaron datos en dicho informe, sobre el pago de unos 357,9 millones de dólares, que la industria farmacéutica habría pagado a los psiquiatras estadounidenses; aunque una vez más la distribución fue bastante desigual, porque el 1% de los psiquiatras recibió el 74,7% de los pagos.
Claramente, en todas las bases de datos consultadas, es imposible definir quienes forman parte de ese club, aunque no sería extraño que haciendo un repaso a los titulares de las diferentes publicaciones, de los participantes en tertulias televisivas o de aquellos que dan conferencias habituales en diferentes congresos, se pudiera llegar a elaborar un ranquin de al menos 600 individuos.
Existe un archivo denominado Open Payments Database, donde se puede encontrar información donde se aclara que la gran mayoría de los psiquiatras americanos no cobrarían absolutamente nada. Aunque esta afirmación, escondería una pequeña trampa dado que las comidas, los viajes o los regalos en especie, no se cuantifican como dinero.

En un libro del Catedrático de Terapéutica y Farmacología Clínica de la Universidad Autónoma de Bellaterra, Joan Ramón Laporte, Crónica de una sociedad intoxicada, comenta: La revista de psiquiatría clínica que recibe más citaciones en el mundo es el Journal of Clincal Psychiatry. Donde se publican los resultados de ensayos clínicos con los nuevos psicofármacos, así como los artículos sobre la revisión sobre estos productos cuando son comercializados. Entre 2014 y 2020, 17 miembros de la junta y directivos de la American Society of Clinical Psychopharmacology, editora de la revista, recibieron casi ocho millones de dólares de compañías fabricantes de psicofármacos.
Es decir, dicha publicación no existiría sin el apoyo real de la industria psico farmacéutica. Y la industria necesita expertos que avalen sus investigaciones sobre nuevos fármacos, aunque estos sean peligrosos.
En dicho libro de Laporte, éste afirma lo siguiente: Los fármacos ISRS aumentan el riesgo de suicido, sobre todo en niños y adolescentes. Es precisamente lo contrario de lo que se debería esperar de un fármaco realmente antidepresivo. Y, aunque ya he publicado en alguna ocasión referencias a este tipo de fármacos (ISRS), no está de más volver a retomar dicho tema, sobre todo por peligroso.
Los ISRS son los Inhibidores Selectivos de la Recaptación de la Serotonina, un grupo de medicamentos usados casi siempre para tratar la depresión y los trastornos de ansiedad. Veamos una breve explicación sobre como funcionan y lo que producen en nuestro organismo.
En el cerebro, las neuronas liberan serotonina, un neurotransmisor relacionado con el estado de ánimo. Tras dicha liberación (de la serotonina), la misma neurona normalmente la «recaptura». Los medicamentos ISRS, lo que hacen es bloquear dicha recaptación, lo que aumenta la cantidad de serotonina disponible en el organismos, para que se establezcan las conexiones neuronales. Este aumento, suele mejorar el estado de ánimo y reducir la ansiedad.

Generalmente dichos medicamentos deberían ser usados con mesura, sin embargo la industria psicofarmacológica, a través de los médicos y especialistas diversos los suele usar para todo tipo de dolencias inclasificables. Aunque son administradas sin orden ni control en depresiones mayores (entiéndase por depresiones mayores lo que se quiera), trastornos de ansiedad (ansiedad generalizada, pánico, fobias de todo tipo, etc. Cualquiera podría en un momento determinado ser receptor de un ISRS, incluso sin saberlo), trastorno obsesivo compulsivo (TOC- algo que puede ir desde morderse una uña, hasta cualquier otra cuestión que los «expertos» consideren), trastorno de estrés postraumático (TEPT – una manera como otra cualquier de quitarse de en medio a personas que han sufrido en determinadas circunstancias, y que en vez de tratar de ayudarlas, solucionando su vida, la medicamos, las calificamos de enfermos y las tiramos a la calle o las encerramos en clínicas), en ocasiones también se recetan para dolores crónicos o trastornos alimentarios o trastornos disfóricos premenstruales. En definitiva, cualquier dolencia que genere ansiedad o miedo, podría entrar dentro del espectro y ser usados contra usted, dichos medicamentos nunca juegan a favor de uno. NUNCA.
Nunca está de más que sepamos cuales son aquellos medicamentos de ISRS más conocidos o comunes: Fluoxetina (PROZAC), Sertralina (ZOLOFT), Citalopram (CELEXA), Escitalopram (LEXAPRO), Paroxetina (PAXIL) y la Fluvoxamina, entre otros.
Sin adentrarme en las contraindicaciones, que son muchas y variadas, permitan que vuelva al libro Crónica de una sociedad intoxicada, para recuperar la frase antes mencionada y seguir con el aterrador párrafo que la precede: Los fármacos ISRS aumentan el riesgo de SUICIDIO, sobre todo en niños y adolescentes. Es precisamente lo contrario de lo que se debería esperar de un fármaco realmente antidepresivo. Las compañías titulares (propietarias) lo saben desde hace tiempo. Y no obstante la promoción comercial del uso de estos fármacos en niños y adolescentes continúa. Y tiene efecto. En 2014 en EEUU un 3,4% de los adolescentes tomaba antidepresivos.
En las últimas dos décadas, los antidepresivos se han duplicado en países europeos, situándose a la cabeza de un hipotético ranking, en el que no voy a incidir, países como Islandia, con 157 dosis sobre 1.000 habitantes y España con 98,8 dosis por cada 1.000 habitantes también. El negocio crece y la industria farmacéutica se frota las manos, así como quienes les sirven.
¿Es necesario ser críticos con este tema? Sí. Nos va la salud en ello, sobre todo la salud mental.



