El observador permanente ante la Unesco, monseñor Campisi, interviene en París subrayando la urgencia, en medio de los conflictos, sobre todo los de Oriente Medio y Ucrania, de proteger los lugares de fe y cultura cuya destrucción provoca «la pérdida de identidad y el borrado de la memoria colectiva». Énfasis en los retos de la IA y el uso ético de las tecnologías, así como en la comunicación al servicio de la verdad y del bien común
Cecilia Seppia – Ciudad del Vaticano
La educación como principal instrumento de paz, el reconocimiento de la cultura como alma y futuro de cada pueblo, la comunicación como un servicio indispensable a la verdad y no como voz de propaganda y poder. Estas son las ideas clave en torno a las que gira el discurso de monseñor Roberto Campisi, observador permanente de la Santa Sede ante la Unesco, con motivo de la 224.ª sesión del Consejo Ejecutivo de la organización que, como es sabido, depende de las Naciones Unidas y que, a través de la cooperación internacional, aspira a construir un mundo más humano, equitativo y fraterno.
Una misión más necesaria que nunca en el contexto internacional actual, según el prelado, quien expresó su apoyo en nombre de la Santa Sede a la iniciativa UNESCO80definiéndola como «una importante ocasión para reforzar la eficiencia, la coherencia, la eficacia y el impacto de la organización en línea con la iniciativa ONU80». El reconocimiento se dirige en particular al apoyo prestado a tantos países, a pesar de las limitaciones financieras, a los docentes y a los estudiantes que aún viven en contextos de emergencia y que, como ha destacado el Papa en su Mensaje para la 60.ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Socialesnecesitan «adquirir capacidades críticas» y «crecer en libertad de espíritu», a pesar del horror y el miedo a la guerra.
Fomentar una educación de calidad
Al relanzar el Pacto Mundial por la Educación, promovido por el Papa Francisco y posteriormente por el Papa León, monseñor Campisi pone el acento en la familia como primer lugar de comunicación, en la apertura de cada persona a la trascendencia, para promover en todas las latitudes esa «dignidad humana inalienable donada por Dios» y la primacía del bien común. «Se trata, en particular —dice—, de educar en la inclusión orientada al bien común, a la solidaridad y a la salvaguardia de la creación, fomentando un uso humano y ético de lo digital y de la inteligencia artificial, y valorizando la dimensión interior y espiritual de los jóvenes. Es a través de una educación de calidad, auténtica e integral, como se construyen sociedades más justas, capaces de diálogo y de paz». El desafío, sin embargo, no es solo tecnológico, sino también antropológico. «La cuestión —añade— no se limita a lo que las máquinas son capaces de hacer, sino que también se refiere a lo que le sucede al ser humano cuando vive en entornos tecnológicos que moldean su atención, sus emociones, sus pensamientos y su imaginación. A este respecto, la delegación de la Santa Sede sigue con interés la creación del Observatorio sobre la inteligencia artificial en la educación».
Proteger los lugares de cultura y fe en contextos de conflicto
Otro punto fundamental se refiere al patrimonio cultural, sistemáticamente amenazado, en particular en los cada vez más numerosos contextos de guerra, «donde todas las normas y convenciones internacionales parecen violarse sistemáticamente. Las numerosas situaciones de conflicto, como en Ucrania y en Oriente Medio, conllevan la destrucción de bienes materiales y culturales, con el riesgo, a menudo, de una pérdida de identidad y de un borrado de la memoria colectiva». Hoy se ha conocido la noticia de que, en el último mes de guerra en Irán, según el secretario general de la comisión iraní de la Unesco, Hassan Fartousi, 160 sitios culturales han sido alcanzados por los bombardeos y, en algunos casos, han sufrido daños irreparables.
En particular, la Santa Sede, prosigue monseñor Campisi, recuerda la importancia de la protección de los sitios culturales de carácter religioso, que representan lugares vivos de fe, cultura y vida comunitaria, por lo que invoca el derecho internacional humanitario y «la obligación de respetar y proteger los bienes culturales, incluidos los lugares de culto, en cuanto expresiones de la identidad de los pueblos. El respeto de estas normas constituye una responsabilidad jurídica y moral esencial, en particular en contextos de conflicto armado». El Observador Permanente de la Santa Sede ante la Unesco no tiene dudas: «La salvaguardia del patrimonio no es un lujo, es una prioridad: contribuye a la resiliencia de las poblaciones y constituye una base indispensable para cualquier proceso de reconciliación y reconstrucción». Por lo tanto, debe conservarse, pero también transmitirse para formar conciencias capaces de mostrar respeto, de estar abiertas al encuentro y de asumir una responsabilidad compartida, y así promover una cultura de paz.
La comunicación al servicio de la verdad
Por último, algunas recomendaciones en el ámbito de la comunicación y la información, para promover y garantizar la libertad de expresión, la seguridad de los periodistas y la educación en materia de medios de comunicación. Una vez más, en sus palabras, el prelado recuerda a León XIV cuando, al recibir en audiencia a la redacción del TG2, dijo: «Siempre, pero de manera particular en las dramáticas circunstancias de la guerra, como las que estamos viviendo, la información debe tener cuidado de no convertirse en propaganda. Y la misión de los periodistas, al verificar la información para no convertirse en el altavoz del poder, se vuelve aún más urgente y delicada, diría que esencial. A vosotros os corresponde mostrar el sufrimiento que la guerra siempre inflige a las poblaciones; mostrar el rostro de la guerra y contarla con los ojos de las víctimas, para no convertirla en un videojuego». De hecho, concluye, es esencial que la comunicación siga al servicio de la verdad y del bien común. Esto implica hoy una mayor responsabilidad compartida: luchar contra la desinformación, promover un uso ético de las tecnologías y fomentar una cultura del encuentro, para superar las polarizaciones y las divisiones.
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