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martes, octubre 6, 2026
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LA ESTRATEGIA DE LA MENTIRA

LA ESTRATEGIA DE LA MENTIRA

Cuando la falsedad deja de ser un accidente y se convierte en una herramienta de poder

Existe una vieja idea atribuida a distintos gobernantes y propagandistas según la cual una mentira repetida muchas veces acaba adquiriendo apariencia de verdad. Pero la política contemporánea ha añadido una vuelta de tuerca mucho más sofisticada: ya no es imprescindible conseguir que todos crean una mentira. En ocasiones basta con conseguir que nadie sepa qué creer. Ese cambio es fundamental.

La mentira política del siglo XXI ya no necesita parecer una verdad impecable. Puede ser exagerada, contradictoria, incompleta, emocional o incluso fácilmente desmontable. Su eficacia puede residir precisamente en su capacidad para provocar una reacción inmediata, alimentar la indignación, movilizar a los propios seguidores y, sobre todo, ocupar el espacio público antes de que llegue la rectificación, sin es que llega alguna vez, porque lo peligroso de dichas mentiras políticas, es que nadie parece interesado en la rectificación.

La política contemporánea ofrece numerosos ejemplos.

Donald Trump constituye probablemente el caso más estudiado, debido a su influencia en los países que hablan de estas cuestiones. Dejándose al margen, claro está a los dirigentes de países musulmanes, chino, o procomunistas. Durante su primera presidencia, el equipo de verificación de The Washington Post contabilizó 30.573 afirmaciones falsas o engañosas, según su metodología, a lo largo de sus cuatro años en la Casa Blanca. El propio periódico observó además que la frecuencia de esas afirmaciones aumentó considerablemente durante el último año de mandato. Pero lo más interesante no es elaborar un catálogo de falsedades. Lo verdaderamente importante es comprender qué ocurre después de la mentira. Porque la estrategia puede funcionar incluso cuando la mentira es descubierta. Luego hablaremos de Pedro Sánchez, Presidente del Gobierno de España, quien ha llevado al extremo dichas mentiras.

EL OBJETIVO NO SIEMPRE ES QUE TE CREAN

Durante mucho tiempo se ha supuesto que un político miente porque pretende que los ciudadanos acepten como verdadero aquello que es falso. Pero la investigación contemporánea introduce una posibilidad más compleja.

Un estudio publicado en American Political Science Review analizó el denominado liar’s dividend, el “dividendo del mentiroso”. El concepto describe una situación paradójica: un dirigente puede beneficiarse políticamente no sólo difundiendo una falsedad, sino también negando como falsa una información verdadera. Los investigadores realizaron cinco experimentos con más de 15.000 ciudadanos estadounidenses. En ellos comprobaron que, ante informaciones sobre escándalos reales, determinados políticos podían incrementar su apoyo entre parte de los ciudadanos simplemente alegando que esas informaciones eran “fake news” o deepfakes.

El mecanismo tiene una enorme importancia, porque si todo puede ser falso, la verdad deja de funcionar como una referencia común. Por ejemplo, una fotografía puede ser un montaje, una grabación puede estar manipulada, un documento puede ser presentado como una operación política, una investigación periodística puede ser calificada de propaganda. una estadística puede ser considerada como una construcción partidista, y una acusación verdadera puede ser descartada como una invención. El resultado no es necesariamente que el ciudadano crea al político o no. Puede ser algo mucho más peligroso para el sistema informativo: que deje de creer en nadie.

TRUMP Y LA POLÍTICA DE LA REPETICIÓN

El caso de Donald Trump permite observar con extraordinaria claridad esta transformación. Uno de los ejemplos más importantes de su trayectoria discursiva, es su insistencia en que las elecciones presidenciales estadounidenses de 2020 fueron fraudulentas y que le fueron arrebatadas. Las investigaciones oficiales, las auditorías y las resoluciones judiciales no acreditaron un fraude electoral generalizado que hubiera cambiado el resultado de las elecciones. Sin embargo, la afirmación no desapareció.

En mayo de 2026, Reuters documentó que Trump había repetido al menos 107 veces, durante los seis meses anteriores, que aquellas elecciones habían sido “robadas” o manipuladas, pese a la ausencia de pruebas de un fraude generalizado. Y aquí aparece una característica esencial de la mentira política contemporánea: la persistencia.

Una información falsa puede ser desmentida una vez, pero si reaparece cien veces, doscientas o mil, cada repetición vuelve a introducirla en la conversación pública. La mentira deja entonces de competir con la verdad, y pasa a competir por el espacio. Y en el ecosistema de las redes sociales, ocupar espacio ya es una forma de poder.

LA MENTIRA COMO ARMA CONTRA EL DESMENTIDO

Existe además un segundo mecanismo, donde el político lanza una afirmación, los periodistas la investigan, los verificadores la desmontan. Pero la rectificación llega después (más tarde). Durante esas horas —o esos días— la afirmación original ya ha circulado por redes sociales, programas de televisión, grupos privados de mensajería y conversaciones familiares. La mentira ha generado noticias; el desmentido genera otra noticia, pero ambas no tienen necesariamente la misma capacidad de propagación.

Reuters, por ejemplo, explica que su unidad de verificación clasifica contenidos utilizando categorías como “falso”, “engañoso”, “sin contexto”, “alterado” o “erróneamente etiquetado”, precisamente porque no todas las falsedades funcionan de la misma manera. Y la distinción es fundamental, porque no es lo mismo equivocarse en una cifra que manipular deliberadamente una imagen; no es lo mismo interpretar erróneamente un dato que presentar como actual una fotografía de hace varios años; no es lo mismo una opinión que una afirmación factual demostrablemente falsa. El periodismo de verificación tiene precisamente que separarse en esas categorías.

BORIS JOHNSON: EL PROBLEMA DE LA PRECISIÓN POLÍTICA

El Reino Unido ofrece otro caso particularmente interesante a través de Boris Johnson. Durante su carrera política, numerosas declaraciones suyas fueron sometidas a verificación por organizaciones independientes como Full Fact. Entre ellas aparecen afirmaciones sobre la economía, el sistema sanitario, la pandemia y diferentes políticas gubernamentales. Full Fact ha documentado, por ejemplo, declaraciones de Johnson que fueron calificadas de incorrectas o que requerían importantes matices.

El interés del caso Johnson no reside solamente en establecer si una frase concreta era cierta o falsa. Existe una cuestión más profunda:¿qué sucede cuando un político convierte la simplificación en una forma permanente de comunicación? En una campaña electoral, una estadística compleja puede transformarse en una cifra redonda; un problema estructural puede convertirse en un eslogan, una relación causal complicada puede transformarse en una explicación de una sola frase, y un dato parcialmente cierto puede utilizarse para construir una conclusión que el dato, por sí mismo, no permite sostener. La frontera entre propaganda, simplificación, exageración y falsedad puede entonces volverse deliberadamente difusa.

LA MEDIA VERDAD, UN ELEMENTO UTILIZADO DE MANERA FRECUENTE POR EL GOIERNO DE ESPAÑA (PEDRO SÁNCHEZ A LA CABEZA)

La media verdad posee una ventaja sobre la mentira absoluta, que contiene algo verdadero. Y aquello que es verdadero funciona como ancla. Un político puede seleccionar un dato correcto, omitir otro igualmente relevante y construir una interpretación que el ciudadano difícilmente puede comprobar en unos segundos. Esto resulta especialmente poderoso en cuestiones económicas. Por ejemplo, el dato falseado de la inflación, del empleo. el dato del PIB (Producto Interior Bruto), los salarios y presunto aumento, la deuda pública. el tema de las pensiones, la inversión pública, la vivienda; todas ellas, y muchas que no cito, son indicadores complejos.

Una economía puede crecer y, al mismo tiempo, perder poder adquisitivo gran parte de su sociedad. Puede reducirse el desempleo mientras determinados grupos mantienen tasas de paro elevadas, incluyendo falsificación real de datos, puede aumentar el empleo sin que ello signifique que todos los ciudadanos hayan mejorado sus condiciones económicas. La política convierte esa complejidad en una competición de titulares. Y el titular, siempre gana al contexto.

EL POLÍTICO QUE NIEGA LA REALIDAD (Recordemos que hasta el final, el presidente Zapatero de España, negó la crisis que arrasó al país, hasta el fin de su mandato y dejó a Rajoy la impopular tarea de intentar resolver dicho tinglado)

Aquí aparece quizá la forma más sofisticada de la estrategia. No consiste en fabricar una mentira, sino en negar una verdad. El estudio sobre el liar’s dividend muestra precisamente que las acusaciones falsas de “fake news” pueden beneficiar a un político cuando existen dudas sobre el ecosistema informativo.

El procedimiento para descalificar el mensaje o la verdad es sencillo: “Eso es falso”; “es una manipulación”; “es inteligencia artificial”; «es una campaña contra mí”; “los medios mienten”.

En algunos casos esas acusaciones pueden ser ciertas. Los medios se equivocan, existen manipulaciones digitales y circulan contenidos falsos. Pero, el problema aparece cuando esa posibilidad se convierte en una respuesta automática ante cualquier información incómoda. Entonces la desinformación empieza a protegerse mediante la propia existencia de la desinformación.

EL DIVIDENDO DEL MENTIROSO

El término académico El Dividendo del Mentiroso es especialmente expresivo. Imaginemos que alguien presenta una grabación auténtica, pero el político responde:
—Es un deepfake.

Aunque la grabación sea auténtica, una parte de la población puede dudar. Y cuanto más sofisticada sea la inteligencia artificial, más fácil puede resultar esa defensa. La paradoja es extraordinaria: la proliferación de falsificaciones puede hacer más fácil negar las pruebas auténticas.

Los investigadores de American Political Science Review encontraron que este mecanismo era especialmente eficaz ante informaciones presentadas en formato escrito y mucho menos consistente ante pruebas audiovisuales. La consecuencia para el periodismo es evidente. La tecnología no solamente facilita crear falsificaciones, sino que también puede facilitar que las pruebas verdaderas sean descartadas como falsas.

CUANDO TODO ES PROPAGANDA

Existe un punto en el que la mentira política deja de perseguir una afirmación concreta. Su objetivo pasa a ser destruir la posibilidad de consenso sobre los hechos. Si cada partido posee “sus datos”, cada periódico tiene “su verdad”, cada fotografía puede ser un montaje y cada investigación puede ser una conspiración, el ciudadano queda atrapado en un océano de versiones.

El profesor de Derecho y Relaciones Internacionales Nicky Deluggi y el investigador Cameran Ashraf han estudiado precisamente las consecuencias de la desinformación procedente de autoridades y políticos. Su investigación relaciona este fenómeno con problemas de confianza, polarización, diálogo público y acceso a información políticamente relevante. El peligro, por tanto, no consiste exclusivamente en que alguien crea una falsedad. Puede consistir más bien en que deje de distinguir entre una afirmación demostrada y una afirmación simplemente repetida.

EL EFECTO “YA LO HABÍA ESCUCHADO”

Existe además un fenómeno psicológico conocido como efecto de verdad ilusoria, la repetición puede aumentar la familiaridad de una afirmación y hacer que resulte más plausible. La política contemporánea ha descubierto el potencial de esta lógica. Y si una afirmación aparece en una entrevista. Después en redes sociales, después en un mitin, después en televisión, después la reproduce un adversario para criticarla, después aparece un artículo que explica que es falsa, y finalmente vuelve a las redes; la afirmación ha recorrido todo el ecosistema informativo. E incluso, quien nunca la creyó puede acabar reconociéndola como familiar.

La mentira ha conseguido así una pequeña victoria, ya forma parte de la memoria colectiva.

Por lo tanto, la verificación constituye una solución perfecta. Aunque, quién lo hace.

Un estudio publicado en Nature Human Behaviour analizó intervenciones contra la desinformación en Estados Unidos, Polonia y Hong Kong con una muestra total de 6.127 personas. Los investigadores encontraron que determinadas intervenciones reducían la creencia en informaciones falsas, pero también podían disminuir la credibilidad atribuida a información verdadera.

Es una advertencia importante, porque el ciudadano termina pensando que todos mienten. Y por lo tanto el problema no se soluciona, porque el ciudadano puede desconfiar tanto del político que difunde una falsedad como del periodista que la desmonta. La mentira habrá conseguido entonces su objetivo más profundo: convertir la verdad en una cuestión de confianza partidista. Los míos, los tuyos. La verdad deja así de importar.

LA NUEVA POLÍTICA DE LA REALIDAD

La política contemporánea se está desplazando hacia un terreno en el que la batalla no se libra solamente por controlar el discurso; se libra por controlar la percepción de qué puede considerarse verdadero. Antes, la propaganda intentaba imponer una versión de los acontecimientos, ahora puede bastar con inundar el espacio público de versiones incompatibles.

No hace falta convencer, solo confundir. No hace falta demostrar que una acusación es falsa, puede bastar con conseguir que parezca posible que lo sea. No hace falta que una mentira sobreviva a una investigación periodística, puede bastar con que sobreviva unas horas en las redes. La mentira política ha descubierto así una nueva economía, su valor no depende exclusivamente de que sea creída, depende también de cuánto ruido produzca.

EL CIUDADANO COMO ÚLTIMO VERIFICADOR

En este nuevo escenario, la responsabilidad ya no recae únicamente sobre periodistas y medios; el ciudadano se ha convertido involuntariamente en el último eslabón de la cadena. Antes de compartir una fotografía, necesitara preguntarse cuándo fue tomada; antes de difundir una estadística, deberá saber quién la elaboró; antes de aceptar una frase atribuida a un político, deberá conocer dónde fue pronunciada; antes de aceptar que algo es un “deepfake”, tendrá que conocer la agencia que lo dice. Y antes de aceptar que una información es “fake news”, tendrá que comprobar quién la ha verificado y con qué pruebas.

La herramienta más importante contra la mentira política no es necesariamente recordar todas las falsedades, sino aprender a reconocer el mecanismo.

LA ÚLTIMA TRAMPA

Quizá la mayor paradoja de esta nueva era sea que una mentira política puede resultar más peligrosa cuando es descubierta, porque entonces el político puede cambiar de terreno, de opinión. Ya no necesitará defender la falsedad original, podrá afirmar que la investigación es parcial, que el periodista está manipulado, que el verificador pertenece al otro partido, que la fotografía ha sido alterada, que la estadística está politizada, que los jueces forman parte de una conspiración, que los expertos tienen intereses. Y así sucesivamente.

Cada desmentido generara otro motivo para desconfiar; la discusión abandonara entonces los hechos, para convertirse en una guerra de credibilidades. Y en esa guerra, el político que domine mejor las emociones puede competir en mejores condiciones que quien necesite explicar un informe de cien páginas. Los tahúres siempre ganaran.

LA MENTIRA QUE YA NO NECESITA SER CREÍDA

La vieja mentira necesitaba un creyente, pero la nueva, puede conformarse con un espectador desconfiado. Ese es probablemente el cambio más profundo.

Pedro Sánchez, ha mostrado hasta qué punto la repetición de afirmaciones falsas puede convertirse en un elemento estable de la comunicación política; en España los archivos de diversos organismos muestran como la utilización de afirmaciones falsas, engañosas, incompletas o descontextualizadas atraviesa constantemente a la opinión pública

¿Qué sucede con una democracia cuando la mentira deja de ser una anomalía y se convierte en una técnica de comunicación?

La respuesta puede encontrarse en una frase mucho menos espectacular que cualquier consigna política: la democracia necesita ciudadanos capaces de distinguir entre lo que alguien afirma, lo que puede demostrarse y lo que simplemente se repite. Porque cuando la verdad deja de ser un terreno común, la mentira ya no necesita conquistar a la mayoría. Le basta con conseguir que nadie esté seguro de dónde está. Y si además se utilizan mecanismos de infantilización e incultura para conseguirlo, el terreno está abonado para que los verdaderos depredadores políticos se hagan con el control.

La información siempre ha sido uno de los elementos más incuestionable de toda democracia, la información veraz y en su nombre los periodistas, pero qué ocurre cuando los medios de comunicación se pervierten en aras de consignas partidistas a cambio de dinero, o qué pasa cuando el propio periodista se pervierte en aras de un puesto o una poltrona en según que tertulias «donde pagan bien». La estrategia de la mentira es como un cáncer que se extiende en todos los ámbitos de la información pervirtiendo el mensaje.

Gabriel Carrión López
Gabriel Carrión López
Gabriel Carrión López: Jumilla, Murcia, 1962. Escritor, guionista y realizador. Ha trabajado como periodista de investigación desde 1985 en prensa, radio y televisión. Ha publicado dos libros sobre la banda terrorista ETA. Colabora con medios de prensa libre y es conferenciante sobre temas diversos.

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