
Un hombre con un cáncer grave localizado cerca de un riñón fue atendido en el Hospital de Carballo (Galicia) durante aproximadamente dos años, como si tuviera un trastorno psiquiátrico, en lugar de recibir una atención oncológica adecuada a su verdadera enfermedad. Según la información publicada, fundamentalmente por La Voz de Galicia, el paciente fue derivado al servicio de psiquiatría bajo la presunción de que sus síntomas eran debidos a un problema mental. Este error tuvo consecuencias graves para su diagnóstico final y su tratamiento.
La pregunta es: ¿Cómo se puede confundir un cáncer en el riñón, con una enfermedad psiquiátrica?
Durante dos años, el paciente fue ingresado en circuitos de atención de salud mental, pese a que en todo momento presentaba síntomas que podrían corresponder con una enfermedad física. ¿Negligencia o ineptitud de los psiquiatras que lo atendieron a lo largo de ese tiempo, o las dos cosas?

Al final, y una vez descubierta la tragedia para la salud del paciente, y judicializado el problema, un juzgado ha condenado al Servicio Gallego de Salud (Sergas) a pagar 90.000 € por el trato recibido y la pérdida de oportunidad de un diagnóstico adecuado. Y aunque la decisión no sea firme y pueda ser recurrida en apelación por la administración sanitaria, el descrédito social y popular, tanto para dicho servicio de salud y sobre todo para la clase psiquiátrica esta siendo de libro.
La perdida de oportunidad para el paciente, como bien recoge la sentencia se refiere al daño moral y material causado cuando un diagnóstico tardío o erróneo priva al paciente de la posibilidad de un tratamiento que podría haber mejorado notablemente su evolución física o su pronóstico final. En este caso, los jueces consideraron acreditado que el retraso y la orientación clínica equivocada influyeron negativamente sobre la atención del paciente.
Queda claro que un error como éste cambia la vida de las personas. En este caso por dos cuestiones importantes. La primera por el retraso tremendo de dos años en recibir la atención adecuada para tratar el cáncer de riñón, y la segunda por haber sido sometida al estigma de un tratamiento psiquiátrico que habrá hecho peligrar su salud mental. Considerando además los trastornos emocionales y corporales de un tratamiento psiquiátrico que por leve que fuera, habrá dejado secuelas de por vida. Los médicos, parece que han abierto un debate sobre hacer una evaluación clínica adecuada de pacientes complejos, especialmente cuando coexistan síntomas físicos y emocionales. ¿Acaso no se hicieron pruebas renales al paciente cuando llegó a la consulta hospitalaria, o se le trató directamente con pastillas psiquiátricas con el propósito de quitárselo de encima?
Así mismo, parece ser que se intentará una mayor coordinación entre los servicios de salud mental y los servicios oncológicos en dicho hospital. Aunque mucho me temo que seguiremos asistiendo a errores cometidos por médicos en el futuro. La excusa, saturación de la salud pública y deficiencias en la atención debido a los presupuestos. La teoría ya nos la conocemos los usuarios, pero la percepción de dejadez entre el personal sanitario también.

Ahora se abre de nuevo el debate sobre los derechos de los pacientes. ¿Acaso tenemos derechos los pacientes? Conozco hospitales donde el servicio de atención al paciente está atendido por el más tonto de la clase, alguien experto en quitarse de encima el marrón que les llega, alargando dicha atención todo lo que se pueda. Los protocolos, en el caso que nos ocupa han fallado estrepitosamente y ahora se propone que exista la necesidad de especializar a los médicos para que puedan distinguir entre un malestar reactivo de una enfermedad grave, es decir de síntomas que requieran derivar a los pacientes, eso sí, con cierta urgencia a los especialistas competentes.
Este caso reabre, como comenté antes, discusiones sobre la capacitación médica para el diagnóstico sin haber realizado ni una sola prueba, se diagnóstica rápido y que dios reparta suertes. Frente a la duda, no sería mas normal una valoración integral multidisciplinaria. Quizá en los hospitales debería existir un grupo de médicos dedicados a este tipo de consultas. No pasa nada porque un médico diga que no tiene ni puta idea del tratamiento de uno de sus pacientes, antes que poner en marcha un protocolo psiquiátrico inexistente. La vida de una persona, su historia, sus sueños, etc., está en juego. Y por mucho que la justicia ponga en marcha el proceso de indemnización que conlleve, según el juez de turno, el terrible error médico, el proceso de destrucción mental que dicho error conlleva, no se solucionará en la vida. ¿Cómo confiar de nuevo en ese médico, en otro médico?



