Ricardo Barreda, el odontólogo Parricida.

1476384_10203883026488939_6195012514332184940_n[1]Por Eduardo Boix
Documentación: Eduardo Boix y Marta Blasco Miota.

Permanecía abrazado a la escopeta Víctor Sarrasqueta, calibre 16,5 que le había traído de Europa su suegra Elena Arreche. Sonaba “Por una cabeza” de Gardel y Le Pera en el tocadiscos.  Mecía el arma como si bailase con ella, la mimaba como la mejor amante mientras sonreía. Su mujer, su suegra y sus dos hijas yacían sin vida entre la cocina y el salón.

Era domingo 15 de Noviembre de 1992 Ricardo estaba de buen humor, quería colaborar en casa.
-Voy a limpiar las telarañas del techo-Comentó mientras besaba la mejilla de su esposa.
-Andá a limpiar, que los trabajos de ”conchita” son los que mejor hacés- Le espetó como un estoque certero.

images[1]Algo se agrió en el estómago del Doctor Barreda. Junto toda la rabia y pensó en ir a podar un seto del jardín. Al abrir el armario de los aperos, vio la escopeta. La cogió como si de una ampliación de su brazo se tratase, eran dos en uno y su ego hizo el resto. Se acerco a la cocina donde estaban su esposa Gladys y su hija menor Adriana. El primer disparo impactó en la esposa.
-¡Mami, está loco!

El segundo disparo impactó contra la hija. Se escucharon los pasos apresurados de Elena Arreche, la suegra, “elemento desintegrador de la familia” según Barreda. Cecilia, la otra hija, le llamó hijo de puta cubriendo el cadáver de la abuela, también la mato, era su favorita. Recogió todos los cartuchos usados, los colocó en una caja y los metió en el maletero. Volvió al salón, movió los muebles, desparramo, papeles y objetos simulando que la casa había sido escenario de un robo. Tiró los cartuchos en una especie de acequia y la escopeta en un canal cerca de Punta Lara. Se fue tranquilo al zoológico. Tuvo tiempo para llegar al cementerio (“para conversar con mis viejos”, contó luego) y a las 16.30 entró a un hotel con su amiga, Hilda Bono.

images[8]Regresó a su casa a medianoche, encendió las luces y llamó a la policía. Cuando llegaron contó la historia del robo, fingió sorpresa y mantuvo su gesto de suficiencia. Fue trasladado a la sección 1. El comisario Ángel Petti tenía una sospecha, pero Barreda seguía haciendo su papel. Hasta que el policía probó una fórmula: le dio un Código Penal, abierto en la página donde el artículo 34 establece la inimputabilidad. Es decir, donde se indica que no son castigados aquellos que no entienden —por enajenación u otra causa— lo que hacen. Leyó el texto. Se sintió más seguro. Entendió el mensaje. Había llegado el momento de cambiar de papel. Un rato después llamó a Petti y le contó la verdad. Bartolomé Capurro, dijo que Barreda tenía “psicosis delirante”. Después de largas jornadas de juicio, el acusado fue condenado a cadena perpetua por triple homicidio calificado y homicidio simple. De los tres jueces, sólo Rosentock creyó que Barreda estaba loco. Y dijo en el fallo: “Era un fanático de la unión familiar que sucumbió cuando la vio desintegrarse”.

Para mas información eduardoboix@gmail.com

Los comentarios están cerrados.