La sombra, una batalla por librar a partir de los cuarenta

DSC_10953by Gabriel Carrión, gcarrionlopez@gmail.com

Existen muchos refranes e hipótesis de lo que ocurre a partir de los cuarenta con el ser humano, sea éste hombre o mujer. La extraña guadaña de la menopausia, de la famosa pitopausa, la necesidad de cambios generales en la pareja, en el entorno, en definitiva en la vida. Es como si de repente la organización trabajada durante tiempo se fuera de fin de semana y nos dejara solos a merced de sensaciones y sentimientos nunca antes vividos.

A eso existen escuelas de astrología que lo llaman “el retorno de los planetas lentos”, planetas que tardarían un montón de años en pasearse por nuestra pretendida carta astral, revolucionando lo todo, removiendo casa por casa, la del trabajo, la del amor, la de los hijos, etc., no dejando títere con cabeza. Una época para la que uno al parecer tiene que estar preparado. Es por ello que la vida nos deja aproximadamente unos años para que nos centremos, pero al parecer eso no ocurre muchas veces. Los planetas lentos son apisonadoras psicologías que destrozan lo que no está sólido.

Jung, un afamado psicólogo, discípulo de Freud, según dicen y uno de sus detractores según otros, afirmaba que eso que le ocurre la ser humano a partir de esas edades se denomina “La Sombra”. A groso modo sería una especie de bomba que nosotros mismos nos lanzaríamos para ver si somos capaces de soportar todo lo que acontece. Dicha Sombra sería un cometa que comenzaría a esas edades (los 40) a dar vueltas por nuestro universo cerebral, chocando y destruyendo planetas y soles, lunas, galaxias, poniendo a prueba la solidez de nuestro mundo.

Por un lado los planetas lentos, por otro la sombra, la solidez de nuestras ideas, sean estas las que sean y su claridad, al menos para nosotros, es lo que determinará que todo lo que nos ocurra a partir de ese momento sea un paseo o un verdadero infierno, y la culpa no será del mal de ojo, sino de nuestra propia historia pasada. Dos cosas aprender a decir que no y sobre todo aprender a no mentirnos, al menos a nosotros mismos, pueden ser dos interesantes recetas.

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